miércoles 18 de junio de 2008

Sin motivos aparentes

Como la hojarasca, hay cosas en tu vida que se van alejando con el viento. No uno fuerte, huracanado. Basta con que sea una leve ventolera. Algo suave. Y ves entonces que nada es para siempre. Ni las relaciones ni la amistad. Que vamos cambiando de escenario como cambiamos nosotros mismos. Son dos constantes paralelas. A veces te hartas y dices hasta aquí. Tú mismo pones el límite. Y no hacen falta razones tremendas, nada grave. Es suficiente con que uno se harte de explicaciones, de palabras. A veces me gustaría gritarlo. Me tienes harto, no eres lo que quiero. Pero me resisto. Soy incapaz de decir algo similar. Soy de los que un día dejaron de llamar, de lo que entonces ya no cogen el teléfono. Has escuchado tantas veces las mismas excusas que un día no quieres más. Y piensas que hay una delgada línea entre ser bueno y tocar con las manos la tontería. Y al menos sé que no soy lo segundo. En esto pensaba hoy mientras me contaba Verónica. Mientras le escuchaba. Me hizo pensar, como hace siempre. En que a veces quien ha formado parte de tu vida un buen día deja de estar. Y es porque sí. Sin motivos aparentes. Y lo que tan importante fue, deja de ser. Y es porque sí. Porque es así. Como las cosas que se van alejando con el viento. Sin razones tremendas. Calladamente. Sin motivos aparentes.

2 comentarios:

Rayco dijo...

Yo creo que siempre hay algún motivo, algo que a veces se nos escapa pero que está latente.

Me cuesta mucho despedirme para siempre a mí también... soy de los olvidan muy poco a poco y voy dejando que el tema se olvide solo.

El guerrero del antifaz dijo...

Las despedidas para siempre tampoco son mi fuerte, soy demasiado emotivo para hacerlo. Pero algunas veces, pocas, sabes que no hay más, que no quieres más. Y rompes los vínculos. Cuando esa persona ha formado parte de lo más íntimo de tu vida, se te hace raro, pero sabes que es lo mejor para ti. Y también es cierto que siempre hay motivos, pero a menudo son tantos a la vez que ya no sabes cuál de todos es. Simplemente, la gota colma el vaso de la paciencia. Y al final tienes claro que no has sido tú quien se ha portado tan mal.